En un árido y mágico lugar, unos frailes franceses encontraron la «escalera del Edén» Escala Dei (siglo XIII). Con ellos se elaboró el ¡Vino del Señor!
En este mismo árido lugar, 800 años después, una francesita y un catalán encontraron el lugar de ensueño: MOGADOR: (1978) Isabelle et René. Un paso a dos entre la sensibilidad de la bailarina y el empeño de un trovador filósofo. Ella diseñando con arte de futuro, él, prensando el fruto del terruño!
El Priorat creció! En esta crianza, crecieron juntos Priorat y René, nuestro hijo. No es de extrañar su destreza y su magia para conseguir poco a poco este vino innovador y al mismo tiempo tradicional. ¡CLOS MOGADOR!
El vino que enciende la ilusión! Las semillas con el viento volaron y se esparcieron dando vida al viñedo con hermanos como Christian, vivero de flores y vides, Anderson y nietos presagiando generaciones de botellas de CLOS MOGADOR viajando por el mundo entero.
Situación


 
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Mogador rojo, Manyetes verde, Nelin amarillo, Bodega lila



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Mapa de Clos Mogador

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Terroir
 

Soy un obseso de la expresión del terroir. La identificación de un vino es la foto de donde ha nacido. Un enólogo que no vive sus viñas se transforma, automáticamente, en el peor enemigo del espíritu de un gran vino.

Personalmente vivo con mi viñedo y necesito su presencia. Los mimos necesarios, demasiado sol o no, si se encuentra bien o no, si huele de maravilla o no, si las hojas brillan, si los sarmientos están agradecidos, al final la uva te lo devuelve con creces.

El primer potencial de calidad, la poda, vivir dentro de este ser y explotar exponencialmente lo mejor de él, y darle salud, esto es la poda.

El entorno, la convivencia de especies adecuadas para su felicidad es la biodiversidad. Una viticultura alternada con olivos, árboles frutales como el melocotón de viña, cerezos, ciruelos, cualquier fruta de intereses complementarios. Hierbas aromáticas, vegetación que no sea depredador, todo para una floración de la viña la más enriquecida. Respecto a los insectos amigos como la abeja, de flor en flor, haciendo cada racimo un mundo de sabores y de olores. Allí está el potencial real para un gran vino.

El enólogo degusta sus bayas esperando la máxima expresión. Decide la recogida de cada racimo de uva mimando hasta el último detalle, respetando todos los gustos y aromas con sensibilidad y metodología.

Una fermentación respetuosa con levaduras autóctonas y maceraciones atentas al recuerdo de todo su pasado y descubar en el preciso momento del espíritu de la foto instantánea, transmitir y compartir algo del sitio de donde nació.

Un viaje único e irrepetible en cada caso.

Evidentemente la referencia del terroir en el vino debe expresarse con claridad. Es fácil hablar de variedades adaptadas a una geología y a un clima pero intervienen multitud de complementos. Actuar en este escenario es sublime. Un enólogo vinificando con cariño encontrará con el tiempo las diferencias a su favor. El ejemplo que me gusta, las garnachas. ¿En que se parecen una garnacha de Chateauneuf du Pape, del Priorat y de Rioja?. La variedad es la misma y el resultado muy diferente.

La adecuación de las diferencias será nuestra mejor recompensa. Cuando las consecuencias del terroir hacen de las variedades factores que enriquecen el estilo., entonces una puerta se abre entre el viticultor enólogo, la harmonía de la naturaleza y el placer de compartir el éxtasis de un gran vino.


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